Historia de las monedas / STORY OF THE COINS

ADALBERTO GUERRA

Por Adalberto Guerra

El olor dulce del tabaco aún sigue en mi memoria. El abuelo enrollaba su tabaco, colaba en la tarde su café y se reclinaba en un sillón para contarnos de la guerra, siempre la misma historia sobre las monedas enterradas en los muros del ingenio, la cambiaba o la inventaba cada vez y el tiempo parecía gravitar en humo y en la luz de la lámpara de aceite. Como el abuelo cambiaba la historia cada vez, la relativa ubicación de las monedas cambiaba cada vez. En aquellos tiempos mi padre agujereó las murallas con un pico, compró perros rastreadores de tesoros según él. Se sentaba como un chico a los pies del abuelo cada tarde y le encendía el tabaco con la esperanza de una revelación exacta del lugar, mas el abuelo con cierta picardía volvía a torcer la historia de las monedas y pasándose la mano por la blanca barba echaba la última bocanada de humo hacia el techo, decía unas palabras inconclusas sobre las monedas e inclinaba el rostro como si anduviera en profunda meditación y se dormía. Mi padre en aquellos tiempos salía a agujerear los muros, fumaba tabaco buscando una revelación, se inventó un aparato de buscar metales, creó un mapa, un plan de excavación, buscó ayuda entre sus amistades que se sentaban cada tarde delante del abuelo como si apelaran a un milagro, y la historia cambiaba y se repetía cada noche. El abuelo en persona visitaba las operaciones de búsqueda de vez en cuando y apuntaba con el bastón cada vez a una pared diferente, a un montón de piedra diferente, por lo que movieron el sitio de un lugar a otro hasta aplanarlo y cernieron la tierra tantas veces que había un finísimo hollín que gravitaba como una neblina en todas partes y envolvía las casas y levitaba en las aguas de los ríos como una gelatinosa ceniza. Mi padre en aquel tiempo contrajo una tos persistente por lo que distinguíamos su regreso a casa cada tarde en medio de la densa neblina, con un pañuelo en la boca hablaba como un bandido en secreto de los planes y la proximidad del objetivo y se sentaba delante del abuelo cada tarde a marcar sobre el rústico mapa nuevos trazos. El abuelo tenía dos monedas de oro que suspendía en el aire y aseveraba entre bocanadas de humo “monedas como estas” y cambiaba la historia nuevamente o la conversación mientras todos le miraban sin entender. Una noche entrada ya la madrugada el abuelo habló sobre la posible ubicación de las monedas mientras todos dormitaban, sólo mi padre hacía trazos en el mapa que se había alargado como un pergamino romano y que enrollaba en un palo de escoba cuidadosamente. Al día siguiente regresaron en la densa neblina vociferando los hombres de mi padre con una monedita entre los dedos, lo que alentó a todos en la región y se encendieron faroles y se hizo dos turnos de excavación encabezados por mi padre, se compraron nuevas herramientas para remplazar los amellados picos, como nadie dormía se usaron los bastidores de las camas como cernidores, sólo se extrajo de la tierra dos herraduras de mulo y todo tipo de chatarra, menos oro. Y después de un tiempo volvieron a reunirse junto al abuelo que ahora sostenía una moneda entre los dedos y aseguraba “monedas como esta” y hablaba ceremoniosamente como un patriarca y pausaba o demoraba las ideas o entraba en profunda meditación o sueño. Pasaron años en la tarea de las excavaciones y aunque no hubo oro se diversificó la búsqueda por la región de Santa Ana de La Viajaca debido a nuevas pistas, nuevas revelaciones. Se usó el polvo blanco que cernían ligado con agua para pintar las casas, las piedras para hacer cercas que servían para demarcar los límites de las propiedades de la región, cambió la geografía y fueron removidos los muros todos del ingenio y el abuelo continuó sentándose todas las tardes a enrollar tranquilo su tabaco y hacer diferente la historia cada tarde mientras miraba complacido como quien encuentra el oro en la caída del sol sobre las montañas que antiguamente se escondían detrás de los muros del ingenio.

Fragmento de En el lenguaje lascivo de los perros, Ediciones Velámenes, 2012, disponible aquí

Foto Oro en las Montañas, Pxfuel

Ingenio Flor de Cuba, Impresión litográfica coloreada a mano, Eduardo Laplante, 1857

By Adalberto Guerra

The sweet smell of tobacco is still in my memory. Grandpa rolled his tobacco, strained his coffee in the afternoon and leaned back on an armchair to tell us of the war, always the same story about the coins buried inside the walls of the sugar mill. He changed it or invented it every time, and time seemed to gravitate in the smoke and on the light of the oil lamp. Since Grandpa changed the story every time, the relative location of the coins changed every time. In those days, my father pierced the walls with a pick, and bought dogs that sniffed treasures according to him. He sat like a boy at Grandpa’s feet every afternoon and lit his tobacco, waiting for an exact revelation of the place, but Grandfather, with a certain mischief, twisted the story of the coins again and again, passing his hand through his white beard, threw a last puff of smoke towards the ceiling, said a few unfinished words about the coins, and tilted his face as if he were in deep meditation, then fell asleep. My father in those days went out to drill holes in the walls, he smoked tobacco looking for a revelation, he invented a device to search for metals, he created a map, an excavation plan, he sought help from his friends who sat every afternoon in front of Grandpa as if they were appealing to a miracle, and the story changed and repeated itself every night. Grandpa himself visited in person the search operations from time to time, and each time he pointed his cane at a different wall, at a different pile of stones, so they moved the site from one place to another until everything was flattened, and they sifted the ground so many times that there was a very fine soot that gravitated like a mist everywhere, enveloping the houses and levitating on the waters of the rivers like a gelatinous ash. My father at that time contracted a persistent cough so we distinguished his return home every afternoon in the middle of a dense fog. With a handkerchief over his mouth, he spoke secretly like a bandit about the plans and the proximity of the objective, and sat in front of Grandfather every afternoon to mark new strokes on the rustic map. Grandfather had two gold coins that he suspended in the air while affirming between puffs of smoke “coins like these” and again, he changed the story or the conversation while everyone looked at him without understanding. One night in the early morning, Grandfather talked about the possible location of the coins while everyone was asleep, only my father made outlines on the map that had been lengthened like a Roman parchment and that he rolled up on a broomstick carefully. The next day, my father´s men returned in the dense fog shouting with a small coin between their fingers, which encouraged everyone in the region, and lanterns were lit, and two shifts of excavation led by my father were made, new tools were bought to replace the nicked picks; as no one slept, the bed frames were used as sieves. Only two mule horseshoes and all kinds of scrap metal were extracted from the ground, except for gold. And after a while, they met again with Grandfather who now held a coin between his fingers and assured “coins like this” and spoke ceremoniously like a patriarch and paused or delayed ideas or went into deep meditation or sleep. Years passed in the task of excavations and although there was no gold, the search on the region of Santa Ana de La Viajaca diversified due to new clues, new revelations. The white powder that they sifted together with water was used to paint the houses, the stones to make fences that served to demarcate the limits of the properties of the region, the geography changed and the walls of the mill were removed. And Grandfather continued to sit every afternoon to quietly roll his tobacco and make the story different every afternoon while watching pleased, as if finding gold at sunset on the mountains that formerly hid behind the walls of the sugar mill.

Extract from En el lenguaje lascivo de los perros (In the Lascivious Languge of Dogs), Ediciones Velamenes, 2012, available in Spanish here

Translation from Spanish: Mar Martínez Leonard

Photo Gold on the Mountains, Pxfuel

Flor de Cuba Sugar Factory, Lithographic print, hand colored. Eduardo Laplante, 1857

 

Oniria en la Niebla

Por Mar Martínez Leonard

—¡Buenos días, cariño! Hay café en la cafetera.

Mario posa sobre la mesa unos alicates que porta en su mano derecha y toma un sorbo de la taza bajo el colador. La taza golpea el mármol.

—Lo has hecho mal, Diana. ¡Salió frío!

La cancela se cierra de un golpe. Diana vacía el colador y lo llena de café molido fresco, luego prepara otra taza caliente. 

Esta vez Mario regresa antes de que el café se enfríe y lleva a su escritorio la taza que Diana ha preparado. Como cada mañana desde hace un año, prende la televisión. Es temprano todavía y Diana se tumba en el sofá. El eco gris del noticiero de las 8:00 a.m. se va extinguiendo entre lágrimas y voces dispersas que se elevan hasta la mesa.

La cabeza de Diana se va hundiendo en el brazo casi plano del sofá. Tras la ventana, la niebla tizna de gris las flores ambarinas. La mirada de Diana está clavada en el techo mientras su fantasía recrea largas caminatas junto al mar.

—Voy a salir a dar un paseo —informa solemne Mario.

—Pero, no se ve nada.

—Precisamente por eso. Quiero ver la niebla.          

—¿Voy contigo?

—¡No! Quédate aquí. No voy a esperar a que te vistas. Adiós, salgo. 

Diana cierra el libro que le ha recomendado su instructor de la academia y se deja caer un poco más en el sofá. El tedio de la mañana nublada y el claroscuro bajo el tragaluz han vencido su ánimo antes de vestirse.

Suena esa canción de Patti Smith que configuró como sonido de alarma: “Hay una ciudad al norte de Ontario… Ventanas azules, azules bajo las estrellas…” Diana imagina ahora que flota en una de las nubes afuera y que abajo hay una playa donde las olas rompen suavemente en la arena.

El timbre de la melodía envuelve toda la sala: “Luna amarilla en ascenso, grandes pájaros cruzan el cielo volando, arrojando sombras en tus ojos…” Las guitarras nostálgicas y casi místicas le resultan relajantes: “Nos dejan desamparados, desamparados, desamparados”.

La espalda de Diana se va hundiendo progresivamente en el sofá, su cuerpo está lleno de música. De repente, los puños de Margot percuten violentamente sobre la puerta:

—¡Diana! ¡Diana! ¡Dianaa! ¡Tu alarma ha sonado dos veces!

Diana despierta sobresaltada y extiende la mano hasta apagar el despertador. Después oye los pasos de Margot alejarse por el pasillo hasta su departamento. Recuerda ahora que Mario ha salido a dar un paseo hace un rato y lo imagina deambulando entre gotitas de agua en suspensión. Si bien falta mucho para la hora del toque de queda, la sensación de pavor parece flotar todo el día entre las casas.

Desde lo más profundo de su conciencia surgen dudas sobre muchas cosas. Hasta duda de la realidad misma. ¿Habrá sido la conversación con Mario un sueño? Diana se incorpora desde el sofá en dirección al cuarto y comprueba que Mario no está.

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Imagen de http://www.freepik.es, Mujer en la montaña con niebla.


Secretaria Bilingüe

Por MAR MARTÍNEZ LEONARD

El teléfono suena.

-Habla Andrea. ¿Me regala un número de contacto?

-No tengo un número que pueda dejarle, señorita, he sido arrestado y necesito un abogado.

-No se preocupe, déjeme su nombre y el teléfono de un familiar o de un amigo.

Ross acaba de cruzar el portón de entrada al bufete y Andrea siente su presencia detrás de la oreja, junto al identificador de llamadas: “No estoy autorizado en esa jurisdicción. Cuelga ya, tienes otra llamada”.

-Lo siento mucho señor, pero no podemos ayudarle. Nuestro despacho sólo trabaja localmente. Le deseo buena suerte.

La figura de Ross se mueve ahora como un yoyó que se aleja y se acerca visitando archivadores frente a Andrea.

-Necesito la carpeta de las doce.

­-Ya la tiene, señor. Está sobre su mesa.

Andrea camina hacia la cocina y sirve dos tazas de café, luego va hasta el despacho gris de Ross y posa una de las tazas sobre el escritorio abarrotado de papeles. Se oye el timbre, y detrás del portón hay una mujer hispana de unos treinta años con un niño pequeño de la mano. Otro niño y una niña más mayores entran también con ella.

-Pasen, por favor. ¿Le apetece un café, o quiere agua para usted o los niños?

-Ah, qué amable. Sí, por favor; un café y dos vasos de agua.

Andrea va hasta la cocina, vuelve con dos vasos de agua mineral y una taza de café, luego entra en el salón de reuniones, donde está la hija de Ross: “Tengo que hablar contigo. Por favor, no des café a los clientes. Sólo agua está bien”.

Andrea vuelve a su escritorio:

-El licenciado se reunirá con usted en unos minutos -dice a la mujer hispana.

Andrea busca una emisora con música tropical y sube un poco el volumen. En su escritorio guarda un pequeño tesoro de datos de personas que han sido arrestadas y aún no tienen representación legal. Aguarda afanosa la hora del almuerzo en que estará sola, quizá algún otro bufete de extranjería probono llevará los casos.

-Me voy a almorzar, y luego a casa.

-Muy bien, doña Darna.

-Una cosa más, déjame las cartas dentro de mi oficina, no afuera.

-Por supuesto, doña Darna. No volverá a ocurrir.

Ya sólo quedan Ross y su hija en la oficina. En unos minutos, la hija de Ross terminará la reunión con su cliente y se irá a almorzar. Entonces, Andrea tendrá chance de hacer esas llamadas.

­-Me voy a almorzar. Va a venir a limpiar Sonia. Por favor, abre la puerta si no he vuelto.

-Por supuesto, don Ross.

La puerta de la sala de reuniones se abre y sale de ella la hija de Ross, seguida por la mujer hispana con los niños.

-Abre un archivo nuevo y guarda estos documentos en él.

-De acuerdo. En seguida.

La mujer hispana sonríe y dice adiós.

-Me voy a almorzar.

-Muy bien.

Andrea corre hacia su mesa. Quizá no coma nada hoy. Hay cacahuetes en la cocina. Saca su pequeño tesoro de nombres y números, y descuelga el teléfono.