En el centro de mi pecho – IN THE MIDDLE OF MY CHEST

EN EL CENTRO DE MI PECHO

POR JERÓNIMO MARTÍNEZ GONZÁLEZ

Ya desde muy pequeñito he sido un recitador de versos, no sé si bueno, pero sí muy solicitado. Mi trayectoria en este terreno va desde la primera vez cuando tenía unos cuatro años hasta la grabación en audiolibro para Storytel de un poemario de Walt Whitman hace dos o tres años. Entre un punto y el otro está mi papel en el seminario de Almería como encargado habitual de recitar los poemas en los actos y la costumbre, posiblemente un poco cargante en ocasiones, de recitarles poemas a mis hijos mientras conducía en nuestros viajes. De ahí pasé a disfrutar mucho con el teatro, tanto que, una vez, después de algún recitado o alguna representación en Almería me dijo Don Juan, el superior del seminario:
-Muy bien, muy bien, Jerónimo. Pero a ver si con las tablas no llegas al último escalón.
Aludiendo obviamente a que temía que mi entusiasmo por el teatro me desviara del camino que había emprendido, que era el de subir las gradas del altar como sacerdote. La primera vez que me recuerdo recitando unos versos fue en la petición de mano de mi tía Pepa por mi tío Nicolás, en 1948, en el cortijo propiedad de los padres de ella, la Bermeja. A mi maestro, Don Antonio, le habían hecho gracia unos versos de una viñeta del humorista gráfico Miranda, del diario Ideal de Granada, y me hizo aprendérmelos:

¿Qué culpa tiene el tomate
que lo arranquen de la mata,
lo metan en una lata
y cobren un disparate?

Por lo que se ve, la gente se divertía mucho viendo a un pequeñajo como yo
recitando semejante amago de crítica social. En concreto en la Bermeja, recuerdo que, a los postres, me subieron a la mesa y desde allí recité esos versos y no sé si algunos otros. Creo que fue no mucho tiempo después cuando el abuelito me enseñó otros versos:

En el cielo, las estrellas,
en la tierra, las espinas,
y en el centro de mi pecho
la República Argentina *

No sé si en el centro del pecho o en cualquier otro lugar iba yo guardando aquella Argentina que mi abuelo iba dibujando día a día con su continua añoranza, pero eso debió de ser lo que me hizo conmoverme tan profundamente cuando, en abril de 1987, al aterrizar en el aeropuerto de Buenos Aires, al amanecer, después de sobrevolar el mar de casitas bajas del conurbano bonaerense, el piloto dijo:

-Hemos aterrizado en el aeropuerto de Ezeiza. Bienvenidos a la República Argentina.

Había aprovechado las vacaciones de Semana Santa y un complemento del billete aéreo que se llamaba “Visite Argentina” para, una vez acabada la Feria del Libro y el Congreso de bibliotecarios al que me habían invitado, viajar en pocos días a Mendoza, a Córdoba y a Rosario. En Mendoza contraté un taxi para visitar en el día casi completo que estuve allí los puntos de referencia de mi abuelo: el Cerro de la Gloria donde estaba mi abuelo en una foto que tenía en mi cuarto, el Hospital Lencinas, el Parque General Sanmartín, la Avenida de Las Heras. De allí me fui a Córdoba donde conocí a mis parientes argentinos, visité la tumba de mi bisabuela María y vi algunas cosas de las que uno va dejando de pasada por los sitios donde ha vivido como:

-Tu abuelo trabajó en ese tanque –así lo llamaban, era un depósito de agua.

Después, creo que con escala y pernoctación en Buenos Aires, viajé a Rosario, donde fui a visitar en su convento a la tía Ana, Sor Valentina para las monjas. Hice el viaje con avidez, queriendo registrarlo todo, vivirlo todo, mirándolo todo con un sentimiento de pertenencia a aquel país que estaba visitando por primera vez. Eran tiempos difíciles para la Argentina. ¿Y cuándo no lo han sido en los últimos setenta años? Mientras yo sobrevolaba el país en avión y flotaba en mis recuerdos incluso cuando estaba en tierra, estaba en marcha el golpe de estado del teniente coronel Rico. Luego vinieron las otras intentonas militares, la hiperinflación y el desánimo por ver el país levantarse y volver a caer una y otra vez. Sería frívolo y casi insultante decir que compartía el dolor y la desesperación de los argentinos cuando yo tenía un excelente sueldo en dólares, un estatuto diplomático y la posibilidad de alejarme cuando quisiera mientras que mis familiares, mis compañeros de tertulia, mis amigos veían cómo sus sueldos miserables se les deshacían en el bolsillo como humo por la hiperinflación y les era imposible pagar un coche decente o un apartamento o comprar un pasaje para salir del país.

Sin embargo, aquel sentimiento de pertenencia que el abuelito había ido sembrando en algún lugar de mi pecho con su nostalgia estuvo siempre ahí durante toda mi estancia en la Argentina. Y sigue estando. En uno de mis primeros actos como Viceconsejero de Cultura de la Junta de Andalucía en el otoño de 1982 fui a Chirivel, la capital de mi municipio, a inaugurar la biblioteca pública. Era mi primer cargo de alguna relevancia, que tenía recién estrenado, y llegué al lugar de la inauguración a aquella que era mi tierra y me apeé del coche oficial con un sentimiento de orgullo cuyo recuerdo me hace ahora sonrojarme. Pero allí estaban mi abuelo y mi padre, a los que me acerqué a saludar con un beso, muchísimo más llenos de orgullo que yo. He pensado muchas veces que qué pena que la llama de la vida del abuelito no le hubiera durado unos años más o que yo no hubiera tenido la oferta de la Agregaduría Cultural a la Embajada de España en Buenos Aires algunos años antes, y he fantaseado con lo orgulloso que estaría él de mí y yo de él presentándolo en una recepción a mis compañeros de la embajada o llevándolo a visitar el Hospital Lencinas, o la Avenida de las Heras, como hice yo la primera vez que viajé a Mendoza. Aunque después de haber escrito el relato pienso que quizá ha sido mejor que el abuelito no haya tenido ocasión de sentir de nuevo allí la puñalada de la ausencia.

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* Cuarteta atribuida a José Piñeiro https://www.elheraldo.com.ar/noticias/185860_en-el-cielo-las-estrellas-en-el-campo-las-espinas-y-en-el-medio-de-mi-pecho-la-republica-argentina.html

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IMÁGENES, DE ARRIBA A ABAJO: Le Petit Prince, Cottonbro; Monumento al Ejército de Los Andes en el Cerro de la Gloria, Mendoza; Vista del Obelisco de Buenos Aires; El Hada de Ba, Campos Jesses, Uriburu 1073 – Recoleta, Buenos Aires; Raúl Alfonsín, padre de la democracia para siempre, ADN Digital; Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires

IN THE CENTER OF MY CHEST

BY JERONIMO MARTINEZ GONZALEZ

Since I was very little I have been a reciter of verses. I am not sure if a good one, but a highly requested one. My career in this field goes from the first time when I was about four years old to an audiobook recording for Storytel of a collection of Walt Witman poems two or three years ago. Between one time and the other is my role in the seminar in Almeria as usually being in charge of reciting poems during events, and the habit, possibly a bit tiresome at times, of reciting poems to my children while driving in our trips. From then on, I began to enjoy the theater a lot, so much that, one time after a recitation or some performance in Almería, Don Juan, the superior of the seminary, told me:


-Very good, very good, Jerome. But let’s see if with the boards you don’t reach the last step.


Alluding, obviously, to the fact that he feared my enthusiasm for the theater would divert me from the path I had undertaken, which was to climb the steps of the altar as a priest. The first time I remember reciting some verses was at my uncle Nicholas’ marriage proposal for my aunt Pepa in 1948, in the farmhouse owned by her parents, La Bermeja. My teacher, Don Antonio, had been amused by some verses from a vignette by cartoonist Miranda, from the Ideal newspaper in Granada, and he made me learn them:

What fault has got the tomato
if they pull it from the plant
they squeeze it in a can
and charge you a nonsense?

Apparently, people had a lot of fun watching a little boy like me reciting such a hint of social criticism. In particular, at La Bermeja, I remember they placed me on a table at dessert, and from there, I recited those verses, and I am not sure if some other too. I think it was not long after when Grandpa taught me these other verses:

The stars in heaven
the spines on earth
and the Argentine Republic
in the center of my chest *

I don’t know if in the center of my chest, or in any other place, I was gradually keeping the Argentina that my grandfather was drawing day by day with his longing. But that must have been what made me move so deeply when, in April of 1987, upon landing at the Buenos Aires airport at dawn, after flying over the sea of ​​low-rise houses in the suburbs, the pilot said:

-We have landed at the Ezeiza airport. Welcome to the Argentine Republic.

I had taken advantage of the Easter holidays and a supplement to the air ticket called «Visit Argentina» so that, once the Book Fair and the Librarians’ Congress to which I had been invited were over, I would travel to Mendoza, Cordoba and Rosario. In Mendoza I hired a taxi to visit my grandfather’s landmarks for almost the entire day I was there: The Hill of Glory where my grandfather was in a photo I had in my room, Lencinas Hospital, General San Martin Park, Las Heras Avenue. From there I went to Córdoba where I met my Argentinian relatives, I visited the grave of my great-grandmother María, and I saw some things that people leave behind in passing through the places where they have lived, such as:

-Your grandfather worked in that tank –it was a water tank.

Later, I think with a stopover and an overnight stay in Buenos Aires, I traveled to Rosario, where I went to visit Aunt Ana, Sister Valentina for the nuns, at her convent. I made the trip eagerly, wanting to record it all, experience it all, looking at it all with a sense of belonging to the country I was visiting for the first time. They were difficult times for Argentina. And when have they not been in the last seventy years? As I flew over the country and floated in my memories even when I was on the ground, Lieutenant Colonel Rico’s coup was underway. Then came the other military attempts, hyperinflation and discouragement at seeing the country rise and fall again and again. It would be frivolous and almost insulting to say that I shared the pain and despair of the Argentinians when I had an excellent salary in dollars, a diplomatic status and the possibility of leaving whenever I wanted while my relatives, my social gathering partners, my friends, saw how their their miserable salaries melted away in their pockets like smoke and they were unable to afford a decent car or an apartment or to buy a ticket out of the country.

However, that feeling of belonging that grandpa had been sowing with his nostalgia somewhere in my chest was always there throughout my stay in Argentina. And it still is. In one of my first events as Deputy Minister of Culture of the Junta de Andalucía in the fall of 1982, I went to Chirivel, the capital of my municipality, to inaugurate the public library. It was my first position of some relevance, and I arrived at the inauguration site to what was my land, and I got out of the official car with a feeling of pride whose memory now makes me blush. But there were my grandfather and my father, whom I approached to greet with a kiss, much more full of pride than me. I have thought many times that what a pity that the flame of grandpa’s life had not lasted a few more years, or that I had not had the offer from the Cultural Attaché Office at the Spanish Embassy in Buenos Aires a few years earlier, and I have fantasized about how proud he would be of me and me of him, presenting him at any reception to my colleagues at the embassy or taking him to visit the Lencinas Hospital, or Avenida de las Heras, as I did the first time I traveled to Mendoza. But after having written this story, I think that perhaps it was better that grandpa did not have the opportunity to feel the stab of absence there again.

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* Quatrain attributed to José Piñeiro https://www.elheraldo.com.ar/noticias/185860_en-el-cielo-las-estrellas-en-el-campo-las-espinas-y-en-el-medio-de-mi-pecho-la-republica-argentina.html

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IMAGES, TOP TO BOTTOM: Le Petit Prince, Cottonbro; Monument to the Army of the Andes at the Hill of Glory, Mendoza; View of the Obelisk in Buenos Aires; The Fairy of Ba, Campos Jesses, Uriburu 1073 – Recoleta, Buenos Aires; Raúl Alfonsín, father of democracy forever ADN Digital; Recoleta Cemetery, Buenos Aires


TRANSLATION: MAR MARTÍNEZ LEONARD

Seminario Menor de la Inmaculada 1953 – 1959

Por Jerónimo Martínez González

Estamos en una de las aulas que dan a poniente. El sol empieza a perderse sobre las cumbres del Cerro de San Cristóbal y la Alcazaba, el barrio alto, el edificio bajo y alargado de las Hermanitas de los Pobres y la tapia que separa el Seminario Menor de la huerta que cuida Salustiano y el camino que lleva a la gruta y al campo de fútbol. Esta tarde de otoño, Don Arturo Medina nos habla de la poesía a un grupo de alumnos de varios cursos. Está cayendo la tarde y alguien han encendido las bombillas de la clase. Tenemos un pick-up y Don Arturo nos va poniendo discos con poemas recitados. Nos pone el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” de Federico García Lorca:

“A las cinco de la tarde. / El cuarto se irisaba de agonía/ a las cinco de la tarde. / A lo lejos ya viene la gangrena/ a las cinco de la tarde./ Tromba de lirio por las verdes ingles/ a las cinco de la tarde.”

Don Arturo le pide al que está más cerca del interruptor que apague la luz. Quedamos en la penumbra mientras se apagan los resplandores del poniente y la voz ronca de Nati Mistral sigue diciendo el poema:

“¡Que no quiero verla! / Que mi recuerdo se quema/ ¡Avisad a los jazmines/ con su blancura pequeña!”

Todos sabemos que la compañera de Don Arturo, Celia Viñas, ha muerto hace unos meses muy poco tiempo después de casarse, cuando lo que creían que era el embarazo de un hijo resultó ser una enfermedad mortal.

El poema dice el dolor de Federico García Lorca, pero también el dolor de Don Arturo Medina y el dolor de todos nosotros, nuestro propio desamparo.

Don Arturo y otros como él me han abierto las puertas de maravillosos, inmensos territorios: la palabra dolorida de ese poema o la de la “Elegía a Ramón Sijé”, o la palabra exquisita de Juan Ramón Jiménez, o la atormentada de Blas de Otero. El mundo de la música, cuando oíamos “La condenación de Fausto” de Berlioz en una habitación aledaña al comedor en el Seminario de Verano. El teatro, como con nuestras representaciones de “El cartero del Rey” de Rabindranath Tagore, o “La hidalga del valle” de Calderón de la Barca.

Y el latín, siempre el latín, esa máquina de expresión perfecta que ha marcado nuestra manera de pensar y nuestra manera de decirlo. Y Héctor, domador de caballos, y el prudente Ulises, y Aquiles, el de los pies ligeros, héroes de nuestra adolescencia.

Todo lo mucho que me ha dado la cultura se inició o se consolidó en aquellos años del Seminario Menor de Almería, en que yo empezaba a conocerla y a sentirla a la vez que despertaba a la vida. No olvidaré a los que me llevaron de la mano hasta aquellos territorios.

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Imagen de http://www.clasica2.com

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Universidad Pontificia de Comillas 1959-1963

Por Jerónimo Martínez González

Dentro de una cajita de madera, en un rincón secreto, tengo guardado lo siguiente:

-el golpe seco de unos zuecos en el fondo del valle una mañana quieta y, después, el rítmico deslizar de la guadaña en el prado

-de vez en cuando, el áspero roce de la piedra de afilar en la hoja

-la lluvia interminable

-el sopor de las once de la mañana en clase de Ontología

-el eco en oleadas de la verbena en la Plaza del Corro de San Pedro mientras doy un último repaso a las tesis para el examen final

-la mirada de una muchacha de ojos oscuros una tarde de otoño con la que nos cruzamos en el puente sobre el río una tarde camino de San Vicente de la Barquera

-la socarronería tierna del Padre Teófanes

circunspectio in acuitate Patris Muñoz

-la fascinación al entrever en la amanecida por la ventanilla del tren el alto valle de la Montaña húmedo y verde, suave y verde, íntimo y verde, fresco y verde, verde y verde

-un paseo por un estrecho camino de barro entre los castaños y los zarzales con la música del chistu de Arriola en el fondo de todas las conversaciones

-el diálogo entre la Schola Cantorum desde el coro y los bancos repletos de la nave de la iglesia cantando motetes y salmos en el silencio de la Semana Santa

-una salve marinera bajo los plátanos enfrente de la puerta de la iglesia un atardecer del mes de mayo

-el descanso y la satisfacción al entender por fin después de muchas vueltas las razones por las que voluntas Dei terminative sumpta est … ya no recuerdo si libera o necessaria

-el súbito revuelo de hojas y hierbajos y el estremecimiento de los árboles al llegar desde el mar una galerna

-el perfil de la Cordillera Cantábrica con el Naranjo de Bulnes

-Martín hablándome de los pegujales de Soria y Pais de los pájaros de Galicia

-las ardientes discusiones en la terraza alrededor del patio

-las manos vellosas, el andar desequilibrado por el cilicio y la enorme cabeza inclinada del Padre Nieto cuando se adelanta por el pasillo de la iglesia para hablarnos

-un salto mortal de Fabio al entrar al campo para jugar un partido

-los pájaros que me despiertan saludando al amanecer en la fachada principal

-el Concilio, la muerte y la entronización de los papas, la sustitución del Padre Azpeitia por el Padre Quevedo

-los otoños, los inviernos y las primaveras

-la lluvia interminable

-en Almería, los cerros ásperos de piedra y el mar azul intenso bajo el aire transparente

-aquí, sobre el gris cambiante del Cantábrico y la gama infinita de verdes, la lluvia interminable, la lluvia interminable…


Jóvenes Sueños de República: Héroes en Alpargatas

Por JERÓNIMO MARTÍNEZ GONZÁLEZ

Ha llovido en el pueblo esa mañana. Los muchachos de izquierdas que van a incorporarse al servicio militar el próximo 1º de julio han posado frente a la cámara fotográfica en la acera de cantos rodados del tío Domingo el Biñolero (el Papa Domingo, mi abuelo). Con el barrizal en el que se convierten las calles cuando llueve se han manchado las alpargatas nuevas. Llevan puesta la mejor ropa que tienen. Es la fiesta patronal de El Contador *, el día de San Antonio.

En la plaza se han instalado, como cada año, dos o tres turroneros con sus puestos, donde se exhiben tacos de turrón de a perra gorda * cuidadosamente cortados y alineados, y enormes dulces bañados de azúcar junto con multicolores bastones de caramelo y blancas peladillas.

Ha venido también el fotógrafo ambulante y ha instalado a la sombra de una casa su cámara, una gran caja apoyada en un trípode con el objetivo en un lado y una ancha manga de tela negra en el otro. Cuando alguien se quiere hacer una foto, el fotógrafo lo coloca contra el fondo de una pared, buscando quizás el amparo psicológico de la casa como el toro busca en la lidia el amparo de las tablas.

El fotógrafo, vestido con un guardapolvo gris, mete la cabeza y los hombros dentro de la cámara para apreciar el encuadre y la distancia. Acerca o retira la cámara para conseguir el mejor enfoque. Cuando ya lo tiene, saca definitivamente la cabeza de la manga, inserta en la ranura una placa fotográfica, se coloca al lado derecho de la cámara, agarra el pulsador que mediante un cable abre el objetivo, se pone solemne y avisa de que ahora hay que estarse quieto y, si el fotografiado es un niño, le dice que por el objetivo va a salir un pajarito. Pulsa el botón durante un largo momento calculado sabiamente en función de la luminosidad. Después saca la placa y la mete en un calderete con revelador que cuelga sobre el trípode, debajo de la cámara. Un rato más tarde, la foto estará lista.

Mi padre es el muchacho de ropa clara que está en el centro del grupo. Tiene 18 años y se va a incorporar dentro de dos semanas al cuartel de artillería de Cartagena para hacer el servicio militar. Mi madre, junto con su hermano Nicolás y Fresina, se asoma divertida a la reja.

Al pueblo no llega la radio ni los diarios. Pero las noticias van llegando por el camino de las bocas, de los susurros primero y de los comentarios y los movimientos abiertos después. Se ha proclamado la República; en las manos del pueblo está liberarse de los curas y los caciques; hay un gobierno del Frente Popular salido de las urnas en las que la gente, incluidas las mujeres, han expresado su voluntad libre.

Los padres de estos muchachos han luchado y, en algunos casos, han muerto en la guerra de África, sus abuelos en la de Cuba. Ahora saben que, si tienen que luchar, no va a ser por intereses lejanos como las empresas coloniales o el prestigio de la nación. Saben que esta vez, si luchan, van a luchar por ellos mismos, por su pan y su dignidad.

Y están dispuestos. En contraste con el gesto sonriente de las muchachas, se plantan ante la cámara con gesto seguro y voluntarioso, en una fila ya casi miliciana y compartiendo el gesto solidario del puño cerrado.

Pero van a perder también esta guerra. Dentro de tres años, cuando todavía no tengan veintiuno, Martín, el Peseto y Paco volverán al pueblo, dominado ya por clérigos y falangistas envalentonados por la victoria. Juan José y Agustín emigrarán a la Argentina. Manuel, el que está detrás de mi padre, morirá pronto en algún paisaje extraño durante la guerra. Francisco, el muchacho campesino alto y desgarbado con flequillo y la chaqueta abierta, huirá a Francia después de la guerra, se incorporará a la resistencia francesa, será capturado por los nazis y encerrado en el campo de exterminio de Gussen en Mauthausen donde morirá el día de Navidad de 1941. Habrán muerto, una vez más, inútilmente.

Pero hoy es el día de San Antonio. Los trigos están en sazón después del largo invierno serrano y las parras anuncian las delicias de la uva; la sonrisa de las muchachas es dulce y dulce es también el turrón que venden por unos céntimos entre músicas en la plaza. Hoy es tiempo todavía.

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* El Contador, Almería.

* La perra gorda era el nombre coloquial con el que se denominaba a la moneda española de 10 céntimos de peseta. Este nombre fue dado en alusión al extraño león ​ que aparecía en el reverso.

*Cartel de la República protectora de la infancia y la cultura.


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